Leyendo del primer acuerdo humano, reconociendo que los individuos se identificaron como bondadosos y no subyugadores, las guerras de hoy parecen ser fabricadas por una instancia, extraordinariamente, fuera del mundo conocido. O que creemos conocer y que se nos presenta en términos morales, conciencia, convivencia, justicia y superveniencia básica; sin embargo, aquello se desautoriza con todo lo que ha avanzado la humanidad, en esta era, en términos bélicos.
Los
conflictos son inherentes a las personas, ya que es la interacción entre individuos
la que tiene por función iniciar los laberintos de los objetivos, valores,
percepciones y/o personalidades. Siendo la comunicación el segundo factor de
hostilidades, si es que se torna deficiente y menoscabada. Luego se presentan
los recursos que son limitados; las desigualdades de capacidad, poder y fuerzas.
Siendo clásico el ingreso de interpretaciones de actores no reconocidos -potencialmente
manipulados- que promueven malos entendidos, tensiones y la conciencia
negativa: Deseos, orgullos, enojos, miedos, dolores, apatías, culpas y vergüenzas.
Surgen,
entonces, las guerras: Beligerancias entre partes que se disputan el dominio,
control y administración de algo. Promoviendo operaciones ofensivas para
avanzar en conflagraciones que logren los objetivos de la conciencia negativa,
antes detallada.
Obviamente,
en contra partida a la conciencia negativa, surge la positiva y participa de la
guerra para rechazar al adversario, con su razonamiento positivo: Valor,
neutralidad, aceptación, razón, amor, alegría, paz e iluminación. Equilibrando capacidades
y no dejando que las fuerzas le ganen al poder.
Luego que
todo ello se ha fomentado, alimentado y luego visto salir, lo único claro es
que se van las guerras surgir. Enfrentamientos de todo tipo que llevan, a las partes
en contraposición, a infringirse daños, pérdidas, desgaste y por último la
rendición.
En las
guerras de hoy, la tecnología social, ha llevado a una reinterpretación de todo.
Se han acabado las fronteras físicas, en la primera oleada de penetración, para
obtener el favor de la población a conquistar. La antigua propaganda que
viajaba en la voz de las personas, los libros, revistas, mensajes de radio,
programas de televisión, etc. ya es obsoleta (aunque el mundo tiene para rato con
todas las técnicas, habidas y por haber)
La bondad y
la crueldad se están mezclando con anticipación. La naturaleza humana se está llevando
hasta los términos más contradictorios, para evitar que tengan posibilidades de
acuerdos, convenios, alianzas, coaliciones, unidad, cohesión, etc.
Luego
vienen las presiones externas que requieren la obediencia interna. Los que
habitan al interior se ven amenazados por el exterior. El exterior, al tener capacidad
de ingresar narrativa en el torrente social interno de una nación,
desestabiliza a las masas -las cuales son la mayoría- dejando sin capacidad de
acción, por volumen, a los sistemas de seguridad y control.
Ingresan
más negatividad que positividad, regando con su capacidad tecnológica los
odios, dolores y apatías, exacerbando a la población que mueve la maquinaria
que hace funcionar al país. Una instancia que deja al país vulnerable para que
sea atacado en los pilares de su fuerza moral y poder de repulsión a las
ofensivas tradicionales.
Surgen,
entonces, las agresiones a distancia. Golpes que pueden ser propinados desde
una lejanía que solo lo permite la tecnología de hoy. Lanzando cohetes de
diferentes características que tienen un propósito en común: destrucción de su
objetivo. Vertiginosamente, se ha pasado de los primeros acuerdos a los
conflictos grupales, terminando con la negociación tecnológica por la vía de la
intromisión en los torrentes de comunicación de una población y el impacto
certero de un cohete proyectil, llamado misil, que es guiado por tecnologías físicas y digitales.
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