jueves, octubre 08, 2026

De Rusia contra...


Muchos continúan repitiendo, con una ingenuidad desconcertante, que Rusia, con su potencia militar, podría haber aplastado a Ucrania en unas pocas semanas.  

Es una lectura simplista que ignora por completo la naturaleza profunda de este conflicto.  

Moscú no está librando una guerra contra un país de cuarenta millones de habitantes.  

Se enfrenta, a través de Ucrania, a todo el bloque atlantista, a la OTAN en su totalidad, a sus servicios de inteligencia, a sus arsenales, a sus satélites, a su industria militar y a su maquinaria mediática.

Ucrania no es más que un teatro de operaciones, un campo de batalla en una guerra mundial larvada.  

En estas condiciones, la idea de una victoria rápida no tiene sentido alguno.  

Sí, Rusia podría haber arrasado Kiev en unos pocos días.  

Sí, podría haber destruido las infraestructuras ucranianas y reducido el Estado a la nada.  

Pero una elección así habría tenido un coste humano y político considerable: decenas de miles de civiles muertos, una condena internacional unánime, una ruptura con sus socios estratégicos y una pérdida de influencia en el Sur global. 

Moscú ha optado, por tanto, por una estrategia más sutil, más lenta, pero también mucho más ambiciosa.  

Combina presión militar, guerra económica, batalla diplomática, influencia geopolítica y guerra informativa. El objetivo no es solo ganar militarmente, sino remodelar de manera duradera el orden mundial.

También hay que entender que la Ucrania de hoy es uno de los territorios más militarizados y fortificados del mundo.  

Miles de millones de euros en armas occidentales, sistemas de defensa antiaérea sofisticados, líneas defensivas profundas, búnkeres subterráneos, vigilancia satelital permanente: incluso el ejército estadounidense, con toda su potencia, avanzaría con dificultad en tales condiciones.  

Rusia actúa, por tanto, con prudencia, porque las regiones que reclama como históricamente suyas no deben quedar reducidas a escombros.  

Avanza lentamente, consolida cada metro de terreno, organiza referendos, instala administraciones y ya prepara la posguerra.

Esta elección estratégica cobra todo su sentido si se escuchan los análisis de Emmanuel Todd, historiador y antropólogo francés respetado, que ve en esta guerra mucho más que un conflicto territorial.  

Para Todd, se trata de un enfrentamiento civilizatorio entre un Occidente en declive y una Rusia que defiende una concepción más tradicional, más soberana, del orden político y social.  

Subraya que Occidente, pese a su aparente superioridad económica y tecnológica, muestra signos de fragilidad profunda: demografía envejecida, crisis de confianza, desindustrialización, pérdida de referentes ideológicos.

Todd insiste en un punto capital: Rusia libra esta guerra con solo el 3,3 % de su producto interior bruto, un esfuerzo colosal pero sostenible, mientras que los países de la OTAN, mucho más ricos, se ven obligados a gastar sumas gigantescas solo para mantener el equilibrio.  

Esta cifra, a primera vista técnica, revela un desequilibrio estratégico profundo.  

Como señala Todd, si una nación capaz de sostener una guerra global con el 3,3 % de su PIB puede plantar cara a toda la OTAN, eso significa que Occidente ya no es lo que era.  

Significa que la hegemonía occidental descansa ahora en una ilusión: la de su propio poder.

John Symers, analista estadounidense a menudo criticado por su lucidez, va aún más lejos.  

Recuerda que la OTAN, Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y Corea del Sur juntos representan una parte abrumadora del PIB mundial, muy superior a la de Rusia.  

Sin embargo, pese a esta brecha gigantesca, Moscú no solo resiste, sino que avanza.  

Esto prueba que el poder bruto no se mide solo en cifras económicas.  

Reside también en la cohesión nacional, en la capacidad de soportar, en la voluntad política y en la profundidad histórica de un proyecto. 

Symers habla de un «paradoxo ruso»: una nación con recursos económicos más modestos que logra plantar cara, sola, al Occidente colectivo, porque su estrategia se basa en la paciencia, la resiliencia y la claridad de sus objetivos.

Por eso, el factor tiempo es crucial en esta guerra.  

Cuanto más dura, más se hunde la economía ucraniana, más se agota Occidente en proveer armas, más se cansan las sociedades europeas y americanas de financiar un conflicto que ya no tiene sentido para sus ciudadan  

Cada mes que pasa revela más las fracturas internas del mundo occidental y fortalece la posición rusa.

La lentitud de Rusia no es, por tanto, un signo de debilidad, sino una estrategia de largo alcance.  

Busca no una victoria brutal y espectacular, sino una victoria estructural y duradera.  

Quiere demostrar, con hechos, que el orden mundial centrado en Occidente ha llegado al final de su aliento.  

Y en este enfrentamiento histórico, Moscú no lucha solo por Ucrania: lucha por redefinir los equilibrios de poder mundiales, por poner fin a siglos de hegemonía unilateral y por abrir el camino a un mundo multipolar.

Así, preguntar por qué Rusia no ha terminado la guerra rápidamente equivale a plantear la pregunta equivocada.  

No quiere terminarla rápido. Quiere ganarla en profundidad...  

Quiere que, al final de este conflicto, no sea solo una bandera la que cambie en un edificio, sino una era entera la que concluya.  

Porque lo que se juega hoy en Kiev, en Donetsk o en Járkov no es solo el destino de un país, sino el del mundo.

Yan Amar

 
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